Los caminos del Señor son insondables. O del destino, dirán otros.
Lo cierto es que nuestro amigo había nacido en buena cuna predestinado a ser un “pijo”, un “cheto” de su época. Sin embargo, sus propios pasos lo llevaron a perderse en el interior convulso de América y morir rodeado de gente que apenas hablaba unas palabras de castellano, muy lejos de los lujos por él disfrutados alguna vez.
Hijo de, también él tenía escrito el título de médico en la frente. Así fue. De poco sirvió. Médico y enfermo, el silbido del asma lo acompañó hasta mezclarse con el de su propia vida escapándose por los orificios que hicieron las balas, en plena selva.
Con el diploma recién estrenado, inició su propia ruta americana. Desigualdades e injusticia. Anacronismos y frustración. Explotación y abandono. Una sorpresa detrás de otra. Abrir los ojos a otra realidad.
¿En qué momento se hace cargo de su propio destino? ¿Cuál fue el detonante para que se planteara la guerra al sistema que lo había cobijado hasta entonces?
Conoció ideologías y personajes. Se sumó a sus luchas. Su figura nostálgica y tanguera fue cobrando fuerza junto al respeto de los más débiles, el temor de los poderosos, la amistad de los revolucionarios.
Y mientras el humo de su pipa dibujaba filigranas de perfume a tabaco, desde La Habana hasta Ginebra, fue capaz de abandonarse por completo a su causa. De no pedir nada para él. De darlo todo por los principios que creía acertados.
La historia también sabe de vueltas y revueltas en su itinerario. Habla de movimientos y luchas, y de victorias con precios demasiado caros.
Un abismo se abre entre la mirada desafiante debajo de la boina, y los ojos muertos de un cuerpo abandonado a su suerte y al hambre en Bolivia.
¿En qué momento se degradan las ideas? ¿Cómo se describe el camino desde el mito ideológico a la figura estampada en una camiseta?
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